Camino Primitivo: caminando desde el origen

El Camino Primitivo no es el más transitado ni el más fácil de los Caminos de Santiago. Pero es, sin duda, uno de los más bellos. Durante mucho tiempo fue simplemente «el Camino»: la ruta original que, según la tradición, siguió el rey Alfonso II el Casto desde Oviedo hasta Compostela tras conocer la noticia del hallazgo del sepulcro del apóstol.

Hoy sigue siendo una senda exigente que atraviesa el interior de Asturias y Galicia, enlazando montañas, bosques y pequeñas aldeas. No tiene el bullicio ni la infraestructura constante de otras rutas más populares como el Camino Francés. Tiene, en cambio, más silencio y menos concesiones.

Es un camino físico. Las subidas son prolongadas, los desniveles se acumulan, el barro y la lluvia pueden aparecer en cualquier momento. Pero también es un camino interior. Hay tramos en los que apenas se ve a nadie, en los que tus pensamientos son la única compañía. Tramos en los que el único sonido es el de las botas sobre tierra o la respiración cuando la pendiente aprieta.

Durante dos semanas, recorrí el Camino Primitivo paso a paso, sin más propósito que caminarlo entero. Sin prisas por llegar. Sin otra intención que avanzar y descubrir qué podía ofrecer el camino.

Un Camino exigente

Mojón del Camino de Santiago Primitivo en una zona de bosque en Galicia

El Camino Primitivo comienza en Oviedo, Asturias, y atraviesa el interior montañoso de Asturias antes de adentrarse en Galicia rumbo a Santiago de Compostela. Son algo más de trescientos kilómetros; menos que en otros trazados del Camino de Santiago, lo que no significa que sea más sencillo.

Aquí el relieve determina el ritmo. Las etapas no se miden solo en kilómetros, sino en acumulación de esfuerzo. Hay jornadas en las que el perfil obliga a caminar despacio, a regular, a asumir que el día no se gana acelerando sino manteniendo un paso constante.

También cambia la densidad de peregrinos. Sin llegar a estar vacío, el Primitivo ofrece largos tramos de soledad. A veces se camina durante horas o días sin cruzarse con nadie. Esa ausencia modifica la experiencia: no hay conversación que distraiga ni grupo al que seguir. El camino se vuelve más íntimo y el paso depende únicamente de uno mismo.

No es un camino hostil, pero tampoco complaciente. Exige determinación, un buen estado físico, atención al terreno y a la meteorología. Obliga a regular y a escuchar las señales.

Quizá por todo eso conserva una sensación de autenticidad, de relación directa con el camino, que en otras rutas es más difícil de encontrar.

El paisaje del Camino Primitivo

Bajada hacia el embalse de Grandas de Salime, Asturias, con el embalse al fondo
Hacia el embalse de Grandas de Salime

El Camino Primitivo ofrece algunos de los paisajes más bellos de todas las rutas jacobeas. Especialmente en su tramo asturiano, el entorno se graba en la memoria: montañas cubiertas de un verde intenso, perfiles quebrados que obligan a ganar y perder altura constantemente, pastos interminables con vacas y ovejas dispersas, bosques húmedos y cascadas a pocos metros de los senderos.

Hay ascensiones que recompensan el esfuerzo con vistas amplias y abiertas, como el paso por la ruta de Hospitales. Allí el camino se eleva y el horizonte se expande. Es un tramo expuesto, hermoso y exigente, donde el paisaje impone respeto. Recorrerlo bajo una tormenta de nieve, como nos ocurrió, hace que uno tome verdadera conciencia de dónde está y de lo vulnerable que puede llegar a ser.

También hay descensos prolongados que parecen no terminar nunca, como la bajada hacia el embalse de Grandas de Salime. El agua aparece al fondo como una postal inesperada y luego te acompaña durante horas. El paisaje no es solo decorado: condiciona el ánimo, la manera de caminar y la duración de cada etapa.

Al entrar en Galicia el terreno se suaviza en gran medida, pero no pierde carácter. El paisaje se vuelve más abierto y desaparecen casi los senderos. Se alternan los bosques atravesados por corredoiras estrechas y húmedas, con largos tramos de asfalto y aldeas que parecen detenidas en el tiempo, con casas de piedra, hórreos y silencio. Y luego está Lugo, una ciudad histórica y amurallada, que impacta en el peregrino debido al contraste que supone introducirse en lo urbano tras tantas jornadas de tranquilidad por paisajes rurales.

En Melide el Primitivo se une al Camino Francés — aunque sería más correcto decir que el Francés se une a él—. A partir de ahí todo cambia: aumenta el número de peregrinos y el bullicio, la infraestructura es más constante. Tras tantos tramos solitarios y montañosos, ese cambio se percibe con claridad y, en los últimos kilómetros hasta Santiago, parece que el peregrino ha llegado a otro mundo.

Caminar cada día

Caminando un tramo con nieve en el Camino Primitivo en Asturias

Aunque estoy acostumbrado a largas caminatas, el Camino Primitivo, mi primer Camino de Santiago, me exigió más de lo que me esperaba. Las etapas asturianas, con sus continuas subidas y bajadas, sumadas a la lluvia, el frío y la nieve lo recorrí en el mes de marzo, hicieron que cada jornada se convirtiera en un pequeño desafío físico. Los últimos kilómetros de cada etapa parecían a menudo interminables los pies doloridos, la fatiga acumulada— recordándome la importancia de regular el paso y escuchar las señales del cuerpo. Tras la primera semana necesité tomarme un día de descanso.

Sin embargo, nunca me dejé vencer por el desánimo. Cada jornada ofrecía la oportunidad de concentrarme en lo que realmente importa: caminar. La vida del Camino es simple: levantarse, caminar, comer, descansar. Repetir al día siguiente.

Esa rutina diaria permite situarte en el presente, en lo que te vas encontrando a cada paso. Los problemas y preocupaciones de la vida ordinaria parecen pesan menos y parecen lejanos. Los detalles ganan importancia: un sendero cubierto de hojas, una conversación con un lugareño, el golpetear de las gotas de lluvia en la funda de la mochila. Lo cotidiano se vuelve significativo, y cada paso adquiere su propio significado.

El Camino te enseña a adaptarte, a aceptar lo que ofrece en cada momento. Sin prisas. Momento a momento.

Soledad y compañía

Albergue de Peregrinos de San Romao da Retorta, Lugo, en el Camino Primitivo
Albergue de San Romao da Retorta

En el Primitivo caminé largos tramos en los que apenas encontré a otros peregrinos. Durante varias etapas enteras consecutivas no me crucé absolutamente con ninguno. En ocasiones, esa soledad se hacía más intensa: atravesando territorios casi despoblados, al pernoctar en albergues en los que yo era el único peregrino del día o, de forma más extraña, al llegar a una población grande. 

La mente se convierte en tu única compañía. A veces se calma al ritmo de los pasos, otras no hay manera de hacerla callar. Es entonces cuando se percibe la dimensión interior del camino, la oportunidad de aprender a estar con uno mismo.

Pero compartir tramos en la ruta también enriquece la experiencia. Durante la primera semana, caminar junto a otros peregrinos, aunque fuera solo durante algunas etapas, aportaba conversación, apoyo y complicidad. Los encuentros breves, las charlas al final de la jornada o la ayuda mutua ante los imprevistos son recordatorios de que, aunque se camine en solitario, el Camino es también un espacio compartido.

Esa combinación de introspección y apertura a los demás es, en buena medida, lo que define la peregrinación.

Al llegar a Santiago

Llegada a la plaza de Obradoiro de Santiago de Compostela tras recorrer el Camino Primitivo

Completar el Camino Primitivo me dejó una satisfacción que va más allá del logro físico. No es solo recorrer kilómetros o superar desniveles: es vivir intensamente cada día, sentir el paso del tiempo en cada etapa, y aprender a convivir con la fatiga, la soledad y la compañía.

Además, al llegar a Santiago de Compostela sentí la pertenencia a una comunidad efímera pero intensa, la de los peregrinos: personas muy distintas, procedentes de diferentes lugares, unidas por la decisión de ponerse en marcha y por las vivencias compartidas en el camino. Esa pertenencia es discreta, pero duradera, y refuerza la dimensión humana de la ruta.

El Camino engancha. Desde el mismo momento en que termina, deja huellas que invitan a volver a caminar, a descubrir nuevos paisajes y vivir nuevas experiencias.

¿Para quién es el Camino Primitivo?

No todos los caminos son iguales y tampoco las personas que lo recorren. El Primitivo tiene carácter propio y cabe preguntarse quién puede encajar en él.

El Primitivo no es el más fácil de los Caminos de Santiago. Tampoco es una ruta que pueda recorrerse sin esfuerzo físico: exige resistencia, cierta preparación y atención a las condiciones meteorológicas y al terreno.

Sin embargo, no se necesita gran experiencia ni habilidades especiales. Es adecuado para cualquier persona que disfrute caminando, que quiera experimentar un ritmo pausado y constante, y que esté dispuesta a convivir, si quiere, con la soledad y el silencio que ofrecen muchos tramos. Basta con preparar la mochila y echar a andar.

El Camino Primitivo es ideal para quienes buscan algo más que una ruta señalizada: un camino que invite a concentrarse en cada paso, a conectar con el entorno y, al mismo tiempo, a descubrir qué significa estar presente en la marcha.

Para quienes valoran tanto los desafíos físicos como la belleza y la tranquilidad de los paisajes asturianos y gallegos, este camino ofrece una experiencia difícil de encontrar en otras rutas.

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