Camino del Salvador: cruzando la montaña

El Camino del Salvador no es una de las rutas más conocidas del Camino de Santiago pero tiene algo que lo hace especial desde el primer momento: es una bella travesía de paso, un camino solitario a través de la montaña.

Une León con Oviedo cruzando la Cordillera Cantábrica, y durante siglos fue la ruta que tomaban los peregrinos que, antes de continuar hacia Santiago de Compostela, querían desviarse para visitar las reliquias de la catedral de Oviedo. “Quien va a Santiago y no al Salvador, visita al criado y olvida al Señor”, reza el dicho.

Hoy sigue siendo un camino exigente: etapas de montaña, desniveles importantes y tramos en los que la escasa señalización, el clima o el propio terreno obligan a prestar atención. No tiene el flujo constante de peregrinos de otras rutas más populares, ni tampoco la misma infraestructura. En cambio, se consigue una mayor conexión con el entorno, al ser más físico y, durante buena parte del recorrido, permite disfrutar de largos momentos de soledad y tranquilidad.

Lo recorrí caminando sin prisa y con una mochila ligera, atravesando la montaña paso a paso, sin más intención que disfrutar del trazado y ver qué ofrecía el camino en cada jornada.

Un Camino corto pero exigente

Paisaje de montaña en el Camino del Salvador, cerca de Buiza, León

El Camino del Salvador (o de San Salvador) comienza en León y, en apenas unos 120 kilómetros, asciende desde la meseta castellana hasta superar la Cordillera Cantábrica antes de descender hacia Oviedo.

Sobre el papel puede parecer una ruta asequible por su distancia, especialmente si se compara con otros caminos más largos. Sin embargo, esa cifra engaña. En este Camino no hay que tener en cuenta solo los kilómetros, sino también el esfuerzo acumulado.

El trazado gana altura de forma progresiva hasta alcanzar uno de sus puntos más emblemáticos, el Puerto de Pajares, donde la montaña se hace más presente y el terreno exige caminar con atención. Las subidas son considerables en varias jornadas, y hay tramos en los que el desnivel obliga a bajar el ritmo y a tomarse el día con calma. La belleza del paisaje compensa con creces el esfuerzo.

A diferencia de otras rutas más transitadas, la infraestructura es limitada. No siempre hay servicios intermedios, y eso obliga a planificar un poco más cada etapa o, al menos, a ser consciente de lo que te vas a encontrar. Esa falta de “facilidades” forma parte también del carácter del camino.

No es una ruta técnica ni peligrosa en condiciones normales, pero sí requiere cierta preparación física, atención al terreno y respeto por la meteorología, que en la montaña puede cambiar con rapidez.

Quizá por todo eso, el Salvador mantiene una sensación de camino más «puro» y menos intervenido, donde uno se puede sentir, al menos durante un momento, como un peregrino de antaño.

El paisaje del Camino del Salvador

Sendero en una ladera que asciende hacia una montaña envuelta en la niebla, en el Camino del Salvador

El paisaje del Camino del Salvador cambia de forma bastante marcada a medida que se avanza, casi como si fueran varios caminos dentro de uno solo.

Se suele recomendar hacer este Camino en unas cinco o seis etapas. La primera de ellas, saliendo de León, discurre por un entorno más propio de la meseta de Castilla y León: pistas cómodas y horizontes amplios. Aunque el perfil de la etapa es quebrado, no presenta grandes dificultades, por lo que se puede considerar un comienzo tranquilo que permite ir entrando poco a poco en la dinámica del camino.

La cosas cambian a partir de la zona de Buiza, donde el recorrido se transforma por completo. Durante aproximadamente dos etapas y media, hasta llegar a Campomanes, el camino se adentra en la montaña de forma clara. Es, sin duda, el tramo más espectacular del Salvador: senderos estrechos que atraviesan laderas, bosques, collados y zonas abiertas en altura, con vistas amplias cuando el tiempo lo permite.

También es la parte más solitaria. En muchos tramos apenas hay núcleos habitados ni servicios, lo que obliga a planificar bien cada jornada y a aprovisionarse de comida y agua con antelación. Esa ausencia de “apoyos” refuerza la sensación de aislamiento y hace que la experiencia sea más intensa, más centrada en el propio acto de caminar.

Caballos pastando con un fondo de montañas en el Camino del Salvador

Superado el entorno del Puerto de Pajares y tras el precioso descenso hacia Asturias, el paisaje vuelve a cambiar. A partir de Pola de Lena, el entorno se vuelve más humanizado. Aparecen carreteras, grandes zonas urbanas e incluso áreas industriales que contrastan con la montaña recorrida en los días anteriores.

Ese contraste puede resultar chocante, pero también forma parte del camino. Después de varios días de silencio y naturaleza, la vuelta progresiva a espacios más habitados recuerda que el recorrido no es solo paisaje, sino también territorio vivido, con todo lo que eso implica.

Caminar cada día

Peregrino junto a la Cruz del Salvador, cerca de Poladura de la Tercia, León

Recorrí el Camino del Salvador en seis etapas, aunque no de una sola vez.

Las cuatro primeras las hice de forma consecutiva, cargando con mi mochila grande y durmiendo en albergues, siguiendo el ritmo habitual de cualquier peregrinación. Sin embargo, las dos últimas, desde Pola de Lena hasta Oviedo, las completé en dos días diferentes, como excursiones independientes, saliendo y volviendo a casa, llevando una mochila más pequeña. Al vivir en Oviedo, me parecía que no tenía demasiado sentido hacer noche en albergues estando tan cerca.

Esa forma de recorrer el camino, fragmentada, cambia en parte la experiencia, pero también es una prueba de que no existe una única manera de hacer el Camino. Puede hacerse del tirón, como una travesía continua, o adaptarse a las circunstancias de cada persona. El Camino sigue siendo el mismo; lo que cambia es la forma de vivirlo.

Al ser una ruta más corta que otros Caminos, no llegué a acumular el mismo nivel de desgaste físico, especialmente en los pies, que sí había sentido en el Camino Primitivo. A pesar de la exigencia de la montaña, eso me permitió disfrutar más de cada jornada, sin la sensación constante de fatiga acumulada.

Poste de madera que señala la dirección correcta en un sendero de montaña del Camino del Salvador

Como lo recorrí en el mes de octubre, una época con menos gente en los Caminos, y como de por sí es una ruta poco frecuentada, los encuentros con otros peregrinos fueron escasos y breves. No obstante, guardo en mi memoria buenos momentos en compañía de algunos de ellos, así como con hospitaleros y otras personas con las que me cruzaba de forma casual. Aunque habitualmente disfruto de la soledad, sin esos encuentros el Camino no sería lo mismo.

Al igual que en otras ocasiones, el ritmo diario se vuelve sencillo: caminar, parar, observar, continuar. Sin necesidad de pensar demasiado en lo que queda por delante o en lo que ya se ha recorrido. La atención se va centrando en la ruta, en el cuerpo y en el entorno.

Esa combinación —esfuerzo físico, distancia contenida y contacto directo con la naturaleza— hace que el Salvador sea un camino muy agradecido de recorrer. Exige, pero al mismo tiempo permite estar presente en cada paso de una forma bastante natural.

Al llegar a Oviedo

Catedral de Oviedo

La llegada a Oviedo no tiene el simbolismo universal de Santiago de Compostela. No hay una plaza llena de peregrinos, ni una meta reconocible por todos, ni esa sensación colectiva de final.

Y, sin embargo, llegar también es especial. Tal vez porque el Camino del Salvador no se recorre tanto por el destino como por el propio trayecto. Cuando entras en Oviedo, después de haber cruzado la montaña, lo que queda es una sensación más íntima: la de haber completado un recorrido exigente, paso a paso, sin necesidad de grandes gestos.

En mi caso, además, la llegada tiene un matiz distinto. No es una ciudad desconocida, sino el lugar donde vivo. No hay descubrimiento, pero sí una cierta forma de reencuentro. Volver caminando, después de varios días en ruta, hace que la ciudad se perciba de otra manera.

No hay una línea de meta clara, pero sí una sensación de cierre.

Y, sobre todo, la confirmación de algo que ya intuía: que más allá de destinos concretos, el Camino —cualquier Camino— termina convirtiéndose en un lugar con el que te identificas y al que siempre puedes volver.

¿Para quién es el Camino del Salvador?

El Camino del Salvador no es una ruta extrema ni peligrosa en condiciones normales, pero tampoco es un camino para tomarse a la ligera.

La exigencia del terreno, los desniveles acumulados y la menor infraestructura hacen recomendable tener una cierta preparación física o, al menos, estar acostumbrado a caminar por montaña. No es tanto una cuestión de velocidad o resistencia, sino de sentirse cómodo en recorridos largos, con subidas sostenidas y tramos en los que conviene avanzar con atención.

Aun así, no hace falta experiencia previa en otros Caminos de Santiago ni habilidades técnicas especiales. Con una mínima preparación, sentido común y una mochila bien ajustada a lo necesario, es una ruta perfectamente asequible para muchas personas.

El Salvador puede encajar especialmente bien en quienes buscan un camino más tranquilo y menos masificado, donde el contacto con la naturaleza y la sensación de aislamiento tengan un papel importante. También en quienes valoran más el recorrido en sí que la llegada a un destino concreto.

Es un camino para quienes disfrutan de caminar sin prisa, aceptando hacer un poco de esfuerzo cuando toca y aprovechando los momentos de calma que ofrece la montaña.

El Camino del Salvador, etapa a etapa

Si quieres conocer mejor el Camino del Salvador, en la newsletter encontrarás la crónica completa, día a día, de mis experiencias en esta preciosa ruta jacobea. En cada etapa describo los paisajes, los descubrimientos y los pequeños momentos que hacen que este camino sea inolvidable.

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