Caminar con menos peso, también fuera del camino

En los últimos años se habla mucho de minimalismo, de simplificar la vida o de reducir el número de cosas que tenemos. A menudo se presenta como una una estética o como una forma de organizar el espacio.

Pero la idea de vivir con menos peso puede ir un poco más allá.

Simplificar no tiene tanto que ver con cuantas cosas posees, sino con cómo te relacionas con ellas. Y, sobre todo, con las cosas que no son materiales: las preocupaciones, las expectativas o el ruido constante que poco a poco acaba llenándolo todo.

Caminar ayuda a entenderlo de forma práctica.

Cuando pasas varios días andando con todo lo necesario a la espalda (como en el Camino de Santiago, por ejemplo). Si no tienes experiencia no siempre es fácil decidir qué llevar en la mochila pero aprendes muy pronto que cada cosa que llevas pesa. Y cuanto más peso llevas, más difícil e incómodo se vuelve avanzar.

Fuera del camino ocurre algo parecido, aunque no siempre se note tanto.

Reducir el peso innecesario

Muchas veces acumulamos cosas, planes, obligaciones autoimpuestas y compromisos que en realidad no necesitamos.

Solemos hacerlo de forma inconsciente, siguiendo por inercia el paso que nos marca la sociedad, las redes sociales… Sin pensar demasiado vamos añadiendo a nuestra «mochila»:

  • más cosas que hacer y experimentar
  • más objetos materiales que desear
  • más estímulos
  • más información
  • más prisa

Con el tiempo, todo eso se va convirtiendo en una carga que no siempre sabemos identificar pero que esta ahí, afectando a cómo nos movemos, a cómo pensamos y a cómo nos sentimos. En definitiva, a cómo vivimos.

Caminar obliga a hacer justo lo contario. Caminar te obliga a reducir y a elegir. Y esa forma de decidir qué llevar y qué no también se puede trasladar a la vida diaria.

Vivir con menos peso no significa renunciar a todo ni aspirar a una vida austera o limitada. Significa, más bien, aprender a distinguir qué es necesario y qué no lo es tanto. Y, en la medida de lo posible, empezar a soltar lo que no necesitas.

Esto es algo que no se puede hacer de golpe, pero el simple hecho de empezar a darte cuenta puede ser el comienzo del cambio.

La ligereza también es mental

El peso no está solo en lo que llevamos a cuestas en la mochila o en las cosas que abarrotan nuestra casa. También puede estar en la forma en que vivimos.

La sensación de tener que llegar a todo.
La idea de que siempre deberíamos estar haciendo algo más.
La comparación constante con los demás.
La dificultad para parar sin sentir culpa.

Este tipo de peso no se ve, pero se nota.

Y, a diferencia de los objetos, no puedes regalárselo a alguien o tirarlo a la basura. Requiere cierta atención. Requiere cuestionarlo.

Vivir con más ligereza, en este sentido, no consiste en eliminar todas esas cosas, sino en empezar a darles menos espacio. A aceptar que no todo es urgente ni importante y que muchas cosas pueden esperar o puedes deshacerte de ellas sin que pase nada.

Es un cambio pequeño, pero tiene un efecto bastante profundo en cómo se vive el día a día.

Caminar como escuela de simplicidad

Cuando caminas durante varias horas o incluso durante varios días seguidos, la vida se reduce casi a lo esencial.

Es el cuerpo el que marca el ritmo.
El terreno exige atención.
El tiempo se organiza de forma sencilla: avanzar, descansar, avanzar de nuevo.

Y, poco a poco, muchas de las preocupaciones habituales pierden fuerza y parecen lejanas. No desaparecen, pero dejan de ocupar tanto espacio.

Lo importante se vuelve más evidente: tener agua, algo de comida, un lugar donde dormir y un ritmo que puedas sostener.

Por eso, después de una caminata larga, es habitual sentir cierta claridad. No porque hayas resuelto nada de forma definitiva, sino porque has reducido el ruido suficiente como para ver las cosas con más perspectiva.

Esa sensación es difícil de explicar, pero fácil de reconocer cuando aparece. Yo la viví de forma muy clara en mi primer Camino de Santiago.

Parte de esto se puede llevar, de forma natural, a tu vida cotidiana.

Llevar menos, también fuera del camino

Vivir con menos peso no significa retirarse del mundo, vivir como un asceta, ni simplificarlo todo hasta el extremo. Tampoco implica dejar de tener objetivos, aspiraciones o responsabilidades.

Tiene más que ver con la forma de relacionarse con todo eso.

Elegir con algo más de cuidado en qué inviertes tu tiempo y tu energía.
Aceptar que no todo el día tiene que estar lleno de ocupaciones o planificado.
Dejar espacio para lo que no es urgente, pero sí importante.

En el fondo, es una manera de permanecer más conscientes e ir un poco más despacio en un entorno que nos empuja a hacer todo lo contrario, para así poder tener más calma y claridad en nuestras vidas.

Un proceso continuo

Caminar con menos peso, dentro y fuera del camino, no es algo que se consigue de una vez. Es un proceso continuo.

Y, como en todo proceso, hay avances y retrocesos. A veces consigues simplificar. Otras veces vuelves a cargar más cosas de las necesarias sin darte cuenta. Y, de vez en cuando, necesitas parar y y revisar qué llevas encima.

Es igual que cuando empiezas a preparar una caminata. ya sea una excursión o un largo viaje a pie y, al hacer la mochila, decides descartar algo porque sabes que no lo vas a usar. Con el tiempo esa revisión se vuelve natural, casi automática.

Al final, tanto caminando como en la vida diaria, la cuestión es bastante sencilla:

¿Merece la pena llevar esto conmigo o pesa más de la cuenta?

No siempre es fácil responder.

Pero solo por hacerte la pregunta, ya estás empezando a quitar peso.